Una reflexión desde la práctica en Tymbals sobre aprendizaje, escucha y el lugar que ocupamos dentro del grupo

En nuestra escuela de percusión, el aprendizaje está pensado y construido para personas con discapacidad intelectual o del desarrollo. No es un matiz: es el punto de partida. 

Es su espacio, su proceso, su manera de estar y de aprender. Un espacio que nace con la intención de transformar miradas y generar nuevas formas de participación social desde la música, pero también desde el reconocimiento de derechos y del valor de cada proceso.

En ocasiones, se incorporan personas sin discapacidad, con ganas de participar, aportar y aprender. Y es ahí donde aparece una escena que, con el tiempo, se vuelve reconocible. 

Quien llega por primera vez —haya tocado antes o no— suele encontrarse con algo que no siempre espera: no entender lo que está pasando. Los ritmos no son familiares, las dinámicas no responden a los códigos habituales de otras agrupaciones, y el aprendizaje no sigue una lógica de acumulación rápida de complejidad. De hecho, muchas de las metodologías en estos espacios parten de lo sencillo, avanzan paso a paso y se adaptan a las personas, donde lo importante no es la dificultad de lo que se toca, sino poder seguir el ritmo junto al grupo.

Ante esa incertidumbre, es común que aparezca un impulso casi automático: hacer más, intentar encajar desde lo complejo, buscar un lugar a través de frases largas o ritmos elaborados.

No es extraño. Venimos de contextos atravesados por lo que entendemos como capacitismo: un sistema de valores que sitúa ciertos cuerpos y capacidades como norma, y desde ahí organiza jerarquías. En ese marco, participar se confunde con demostrar, aprender con avanzar rápido y tener más recursos técnicos con ocupar un lugar más legítimo dentro del grupo.

Pero aquí ese esquema deja de funcionar.

Aquí, el aprendizaje pasa muchas veces por frases cortas, repetición, escucha y relación con el grupo. Y cuando ese ajuste no ocurre, se genera un pequeño pero significativo desequilibrio. Sin darse cuenta, algunas personas recién llegadas pueden ocupar un lugar que no les corresponde en ese punto del proceso. No desde la intención, sino desde lo que aún no se ha podido comprender del espacio.

Y es en ese gesto —tan cotidiano que a veces pasa desapercibido— donde aparece el capacitismo.

No como algo individual que “alguien tiene”, sino como una estructura que hemos aprendido. En esa línea, Raquel Sánchez-Padilla insiste en que el capacitismo atraviesa nuestras formas de entender el aprendizaje, el valor y la capacidad. Aparece cuando damos por hecho que hay maneras ‘mejores’ de hacer, cuando asociamos complejidad con legitimidad y, también, cuando creemos —aunque sea de forma inconsciente— que deberíamos ocupar un lugar más central desde el inicio.

La incomodidad que surge en estos momentos tampoco es casual. Itxi Guerra la nombra como parte del proceso: un indicador de que algo se está moviendo, de que ciertas posiciones de privilegio dejan de ser invisibles y empiezan a hacerse visibles.

Desde proyectos como Doble Equipo, además, se plantea con claridad que no se trata de incluir desde fuera, sino de reconocer espacios que ya existen, con sus propias lógicas, y a los que una llega —en todo caso— para entrar en relación, no para redefinirlos.

Pero este tipo de espacios, precisamente, desordenan jerarquías. Aquí puede ocurrir —y ocurre— que personas con discapacidad dominen mejor el lenguaje del grupo, tengan más recorrido y/o sostengan el ritmo con mayor solidez. Y ahí es donde el capacitismo se vuelve visible: en la resistencia a ocupar un lugar más básico, en la dificultad para aceptar que no se sabe, en el impulso de querer destacar en lugar de integrarse.

Y en ese proceso, hay quienes han podido ir dándose cuenta, revisar su manera de estar y ajustarse al espacio desde la escucha y la relación.

Han podido abrazar la realidad del grupo y de cada persona, reconocer la diversidad de formas de aprender que en él conviven y darse permiso para atender sus propias necesidades.

Muchas de las prácticas que atraviesan el proyecto Tymbals apuntan en esa dirección: transformar la sociedad pasa también por transformar estas pequeñas escenas cotidianas. Pasa por darse cuenta. Por revisar cómo llegamos, desde dónde actuamos y qué lugar ocupamos en relación con otras.

También es importante situar desde dónde se escribe este texto. No desde la experiencia en primera persona de la discapacidad, sino desde un lugar atravesado por privilegios, que intenta observar, escuchar y poner en palabras lo que sucede en la práctica compartida, sin perder de vista que son otras personas quienes sostienen, construyen y dan sentido a este espacio.

Esto implica reconocer que no todos los espacios están pensados desde quienes llegamos ni para quienes llegamos, y que en algunos de ellos nuestra tarea no es ocupar un lugar central, sino acompañar desde el respeto, la escucha y la disposición a aprender.

Porque lo que sucede en un ensayo no es solo música: es una forma de relación. Es un espacio donde se ponen en juego derechos —el derecho a aprender, a marcar el ritmo propio, a no ser desplazadas del lugar que ocupan— y también responsabilidades: la de escuchar, la de respetar los tiempos y la de cuidar el espacio que compartimos.

Nombrar todo esto es importante, pero también lo es hacerlo desde una mirada comprensiva. Nadie llega sabiendo cómo situarse en un espacio así. Aprender a hacerlo forma parte del propio proceso.

Aceptar que el punto de partida es otro —que quizás toca empezar por frases más sencillas, observar más de lo que se actúa, dejarse guiar por el profesorado y por el propio grupo— no es un retroceso. Es, en realidad, una forma distinta de aprendizaje, y también de convivencia.

Una forma de aprendizaje que desplaza el foco: del lucimiento individual al sentido colectivo. De la capacidad a la relación. Del hacer al escuchar.

Se trata de tocar y de aprender a situarse, de darse cuenta de cómo habitamos los espacios y de entender que, en lugares como este, encontrar el propio lugar —sin ocupar el de otras personas— también es una forma de justicia.

Lucía Castroverde Ramos 

Una Tymbalera